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Entretanto les comparto…

Maria del Rosario Briseño Berra
15 sept
3 min de lectura

Si me pidieran una lista de mis cualidades o puntos fuertes, estoy segura de algo:

la paciencia no estaría en esa lista.

En realidad me considero una persona ansiosa. El suspenso, el misterio y la

espera pueden resultarme incómodos. Quiero saber qué sigue, qué va a pasar, cuándo va

a pasar. Al menos esa es la respuesta que me salta de inmediato, con esa inmediatez que

reconozco constantemente en mí.

Y, sin embargo, cuando miro mi vida con un poco más de detenimiento, esa idea

de mí no me alcanza.

Durante más de veinte años —prácticamente la mitad de mi vida— he ejercido la

psicoterapia. Cada sesión, cada proceso que he acompañado, me ha pedido permane-

ser. En mi ejercicio profesional es requisito estar presente y constante desde la paciencia,

desde la esperanza y, sobre todo, sostener el misterio que significa acompañar la vida de

otra persona.

"La vida se abre paso y sin pedir permiso"
"La vida se abre paso y sin pedir permiso"

Wilfred Bion, referente del psicoanálisis, propone al psicoanalista entrar a cada sesión sin

memoria y sin deseo. No porque debamos olvidar lo vivido ni dejar de esperar cosas, sino

porque acompañar requiere suspender, por un momento, aquello que creemos saber y

aquello que quisiéramos que sucediera. Dejar un espacio para que ocurra algo que

todavía no conocemos.


También pienso ahora en mis hijxs, entrenadores personales de mi paciencia.

Porque en mi andar con ellxs cada órgano de mi cuerpo se ha adiestrado en la espera:

esperar que nazcan, que coman, que gateen, que caminen, que hablen, que sanen

cuando enferman. He visto tan de cerca sus aprendizajes, incluyendo el tiempo y la

manera en que lo hacen. Yo no he podido, y quizá, tampoco querido, acelerar sus

tránsitos. Hoy estoy convencida que el logro de algo es lo menos importante, porque eso

solo dura un instante. En realidad es todo lo que nos sucede entretanto.

Hay cosas que sólo pueden suceder en el tiempo…


Byung-Chul Han, filósofo contemporáneo, se ha popularizado por sus escritos y

reflexiones sobre una época que ha perdido el arte de demorarse. Corremos de un

acontecimiento al siguiente y, en esa sucesión, el tiempo va perdiendo su aroma. Me

gusta esa imagen que él propone: pensar que el tiempo es algo que olfatea nuestra

capacidad de estar, y que también nuestras esperas y todo aquello que atravesamos,

exhalan un aroma que permanece lo suficiente para dejar huella.

Quizá por eso hay esperas que todavía puedo oler.

He realizado un cuantioso número de trámites. He esperado noticias. He viajado.

Me he enamorado y desenamorado. He despedido a seres profundamente amados y he

esperado el encuentro con otrxs.

Y todo esto ha ido ocurriendo sin que yo tenga acceso a ningún control sobre sus

tiempos ni sobre sus resultados.


Entre que hago una cosa, ocurre otra.

Entre que espero una respuesta, algo cambia.

Entre que siento, se me ocurre algo.


Y mientras imagino lo que podría pasar, lo que pasa es otra cosa.

Walter Benjamin, gran pensador del siglo pasado, desconfiaba de esa idea del

tiempo como una línea recta que avanza obedientemente hacia adelante. Hay instantes

en los que el tiempo se interrumpe, se espesa, y pasado y presente se encuentran de

maneras inesperadas. Instantes en los que algo que creíamos terminado vuelve a

aparecer y significa otra cosa, o lo que pensariamos tendría larga duración, oscila en idas

y venidas, o termina sin aviso.


Quizá vivir también sea aprender a reconocer esas interrupciones, y que en

realidad, no es que la vida ahí se detenga, sino que es ahí donde se vive. Porque al

mismo tiempo he aprendido a estar en ese espacio que funciona como una especie de

puente: entre lo que viene y lo que finalmente devendrá. Y me doy cuenta ahora de que

es ahí donde paso una gran cantidad del tiempo de mi vida.

Creo que me definiría como una mujer de puentes.


Al menos por ahora, en lo que ocurre otra cosa.

Y tal vez un puente sea precisamente eso: un lugar que no pertenece

completamente a ninguna de las dos orillas. No es de donde venimos ni es todavía el

lugar al que llegaremos. Es un territorio intermedio. Un lugar que necesita existir porque

hay algo que atravesar.

Por eso pienso que el trabajo terapéutico, al igual que el arte, la ciencia y la vida

misma, no consiste solamente en aquello que ocurre al final…sucede en una zona

intermedia.

Tal vez de eso se trate todo esto: descubrir que la vida no estaba después de la espera.

Estaba ocurriendo ahí.


Entretanto.

 
 
 

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